Cuando Franco murió, Madrid era una ciudad gris en sentido literal: edificios sin limpiar, calles vacías por la noche, un tejido cultural reducido a lo que el régimen había tolerado. Lo que pasó entre 1977 y 1985 fue una explosión que casi nadie predijo. Concursos de fotos, fanzines mecanografiados, conciertos en bares minúsculos, pintores de veintidós años exponiendo en cuevas que se llamaban a sí mismas galerías.
La Movida no tuvo una sola escena: tuvo varias superpuestas. La música — Mecano, Radio Futura, Nacha Pop, Alaska y los Pegamoides, Tino Casal — convivió con el cómic de El Víbora, con el cine de Pedro Almodóvar (cuya primera película, "Pepi, Luci, Bom", se estrenó en 1980), con un diseño gráfico que se inventaba a sí mismo. Enrique Tierno Galván, alcalde socialista, dijo desde el balcón del ayuntamiento: "¡a colocarse y al loro!".
La Movida se diluyó en los ochenta tardíos por una combinación de heroína, sida, profesionalización y simple paso del tiempo. Pero dejó algo permanente: la idea de que Madrid podía ser una capital cultural mundial sin pedir permiso a Barcelona ni a Londres. Cuarenta años después, el Madrid contemporáneo sigue caminando sobre las baldosas que pusieron entonces.