Sara dejó la factura del gas encima de la mesa del salón. No la abrió, no la comentó, no la guardó. La dejó ahí tres días seguidos, en la esquina de la mesa donde Marta solía dejar las llaves al llegar.
Al cuarto día, después de cenar, Marta cogió el sobre y lo abrió delante de Sara sin preguntar. Frunció el ceño. Cuarenta y siete euros. La cifra no era el problema; lo era el hecho de que Sara llevaba semanas sin decir nada del tema.
—¿Esto qué es? —dijo Marta, sin mirarla.
—La factura del bimestre.
—Ya, pero ¿por qué la has dejado aquí tres días?
Sara cerró el portátil despacio y la miró por primera vez en la conversación. Llevaba pensándolo todo el fin de semana, ensayando la frase mentalmente mientras se duchaba, descartándola, volviéndola a ensayar. Cuando por fin salió, salió torpe.
—Porque siempre la pago yo. Y este mes me he dado cuenta de que no es solo el gas.
Marta se sentó en el brazo del sofá, frente a ella. No dijo nada durante unos segundos. Era una de esas pausas que en cualquier otro contexto habrían sido incómodas, pero las dos llevaban dos años de piso compartido y habían aprendido a tolerar el silencio sin llenarlo.
—Tienes razón —dijo Marta al final—. Te he dejado pagar la luz tres meses seguidos, y el agua creo que la pago yo solo cuando me acuerdo.
—No es por el dinero.
—Ya sé que no es por el dinero. Es porque tú llevas la cuenta y yo no, y eso te toca las narices.
Sara asintió. Marta tenía la habilidad, a veces irritante, de nombrar las cosas justo como Sara las había sentido pero no se había atrevido a decir. Era una de las razones por las que el piso funcionaba, aunque también era una de las razones por las que Sara a veces se iba a su habitación sin saber muy bien por qué.
—¿Hacemos una hoja de cálculo? —preguntó Marta.
—Llevo dos años sin pedírtela porque me parecía una tontería.
—Pero te ha tocado las narices.
—Me ha tocado las narices.
Esa noche, después de que Marta se fuera a dormir, Sara abrió una hoja de Google y puso en la primera columna las cinco facturas del piso. En la segunda escribió las fechas. En la tercera, los importes. La compartió con Marta y se acostó. A las once y dieciocho minutos, Marta respondió desde la cama de al lado con un único emoji de pulgar arriba.
La factura siguió sobre la mesa del salón hasta el día siguiente. Pero ya no era una factura. Era un acuerdo.