La dictadura franquista duró treinta y seis años, más que cualquier otro régimen europeo del siglo XX a excepción del de Salazar en Portugal. Sus primeros años — años cuarenta, la "larga posguerra" — combinaron miseria material (cartillas de racionamiento, autarquía económica) con represión política sistemática: campos de trabajos forzados, ejecuciones, exilios.
En los años cincuenta, el régimen pactó con Estados Unidos: bases militares a cambio de reconocimiento internacional. Eso permitió la apertura económica de los sesenta — el "milagro español", con tasas de crecimiento solo superadas por Japón — y el inicio del turismo de masas. Pero el régimen siguió siendo un régimen: sin partidos, sin sindicatos libres, con prensa controlada y con la pena de muerte vigente hasta meses antes de la muerte de Franco.
Franco murió en la cama el veinte de noviembre de 1975, a los ochenta y dos años. Había nombrado sucesor a Juan Carlos de Borbón "a título de Rey" con la idea de prolongar el régimen. Lo que pasó después — la Transición — sorprendió a casi todos, incluido al propio Juan Carlos, que decidió jugar otra mano.