A finales del siglo XIX a España le quedaban tres colonias importantes: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La guerra de independencia cubana ya llevaba años, pero el conflicto se internacionalizó cuando el acorazado estadounidense Maine explotó en el puerto de La Habana en febrero de 1898. Estados Unidos declaró la guerra. En tres meses, la marina española estaba hundida.
El tratado de París, firmado en diciembre, fue el final formal: Cuba se independizaba, Puerto Rico, Guam y Filipinas pasaban a Estados Unidos. España, que se había considerado a sí misma una potencia imperial durante cuatrocientos años, perdía su última base ultramarina en una guerra de meses. El choque fue más simbólico que material — pero el simbolismo tuvo efectos materiales durante décadas.
Lo que siguió fue una crisis cultural que generó la llamada Generación del 98: Unamuno, Machado, Baroja, Azorín, Maeztu. Escritores que, desde posiciones políticas dispares, compartían una pregunta — "¿qué es España?" — y una sospecha — "quizás no lo que pensábamos". La autocrítica nacional como género literario nació entonces, y sigue activa.