Cuando los Reyes Católicos firmaron el Edicto de Granada el treinta y uno de marzo de 1492, daban a la población judía cuatro meses para elegir entre la conversión y el exilio. Unas cien mil personas eligieron exiliarse. Fueron a Portugal (de donde serían expulsadas también en 1497), al norte de África, al Imperio Otomano, a los Países Bajos, a Italia. A sus descendientes se les llama sefardíes — de "Sefarad", el nombre hebreo de Iberia.
Lo extraordinario es que la lengua sobrevivió. El castellano del siglo XV, conservado en familias sefardíes durante quinientos años, se llama judeoespañol o ladino. En el Salónica de 1900 había más hablantes de ladino que del griego local. En el siglo XX, dos catástrofes lo redujeron: el Holocausto, que aniquiló a la mayoría de las comunidades sefardíes de los Balcanes; y la pérdida natural de transmisión generacional en las diásporas posteriores.
En 2015, España aprobó una ley que ofrecía la nacionalidad española a descendientes de sefardíes que pudieran acreditar el origen. Más de ciento treinta mil personas la solicitaron desde Israel, Argentina, México, Estados Unidos, Venezuela. Algunos hablan ladino fluido; otros conservan solo apellidos. El Estado español lo presentó como reparación histórica. Cinco siglos y medio después, todavía hubo gente que cogió el pasaporte y vino a Madrid, a Sevilla, a Granada, a ver el lugar del que su familia se había ido el verano de 1492.