El dos de enero de 1492, las tropas de Isabel y Fernando entraron en Granada. Boabdil, el último rey nazarí, entregó las llaves de la Alhambra y se exilió al norte de África. Terminaba así una guerra de más de setecientos años — la Reconquista — que la historiografía oficial española convertiría después en mito fundacional, aunque la realidad fue mucho más fragmentaria que el relato.
El treinta y uno de marzo del mismo año, los Reyes Católicos firmaron el Edicto de Granada, que daba a la población judía cuatro meses para convertirse al cristianismo o abandonar Castilla y Aragón. Unas cien mil personas eligieron el exilio. El sefardismo — los judíos sefardíes que aún hoy conservan el ladino, un castellano del siglo XV — empieza ese verano.
El doce de octubre, Cristóbal Colón tocó tierra en una isla del Caribe que llamó San Salvador, convencido de haber llegado a la India. Nada de aquel año estaba conectado en la mente de quienes lo vivían, pero la combinación — un estado católico unificado, una expulsión religiosa, un imperio incipiente — fijó el carácter de la España que vendría durante los siguientes cuatrocientos años.