Hay tres veranos en mi memoria que son siempre el mismo verano, y son completamente distintos.
El primero es el verano del pueblo. Tendría yo nueve años, y agosto entero, los treinta y un días seguidos, los pasaba en casa de mi abuela en un pueblo de Soria que ya no existe — no porque haya desaparecido del mapa, sino porque la gente que lo hacía pueblo ya no está. La rutina la dictaba el sol: a las once de la mañana, calle; a las tres, comida y siesta forzada; a las siete, vuelta a la calle hasta que mi abuela salía al balcón con una manta y gritaba mi nombre. La cena era a la fresca, en la plaza, con los abuelos y los nietos de los abuelos. Yo no lo sabía entonces, pero estaba presenciando el último verano de una España que ya no volvería. Quince años después, esa plaza está vacía a las diez de la noche.
El segundo verano es el del piso compartido. Tenía veintidós años, había terminado la carrera, había encontrado el primer trabajo en una agencia de Madrid, y agosto se había convertido en una pregunta logística — porque la oficina cerraba dos semanas y mis padres ya no esperaban que volviera al pueblo. Compartía piso con tres desconocidos en Lavapiés. La casa olía siempre a calor y a comida india del restaurante de abajo. Aquel agosto descubrí que el verano adulto no es una pausa; es solo otra forma de seguir siendo adulto, con menos camisa y más sangría. Mis compañeros de piso y yo cenábamos en la terraza de la cocina, sin manta, hablando de gente que ya no veo y a quien no echo de menos. No echo de menos a la gente; echo de menos la conversación de aquellas noches, que era una conversación de alguien que aún cree que va a llegar a ser otra persona.
El tercer verano es el del año pasado. Vivo solo. Tengo una casa pequeña, dos habitaciones, una terraza que da al patio interior. He aprendido a hacer pisto y a regar mis tomateras. En agosto, todos los amigos se van — unos a la playa, otros al pueblo, otros a Lisboa, otros simplemente a no estar disponibles — y Madrid se queda vacía de una manera que solo conocen los que se quedan. Las calles están silenciosas a las dos de la tarde. Mercadona casi no tiene gente. El verano se ha convertido en una negociación con el calor y con uno mismo, en partes iguales.
Lo que une los tres veranos no son los lugares, ni la gente, ni siquiera el calor. Es algo mucho más raro: la forma en que el tiempo se vuelve elástico en agosto. En los tres, los días duraban más. En los tres, la noche llegaba tarde y se demoraba. En los tres, había horas — las dos de la tarde, las cinco de la mañana — en las que el mundo parecía detenido. El calor del agosto madrileño, el del soriano, el del piso compartido, son todos el mismo calor; un calor que te obliga a parar y a aceptar que estás parado. En invierno uno puede ocupar el tiempo. En agosto, el tiempo te ocupa a ti.
Lo que separa los tres veranos es la compañía. En el primero, había abuelos. En el segundo, había desconocidos que pronto serían recuerdos. En el tercero, hay silencio. Y aquí, lo curioso, es que ninguno de los tres es mejor que los otros — solo son distintos. El verano del pueblo me dio una mitología; el verano compartido me dio una identidad; el verano solo me da una claridad que no sabía que iba a necesitar a esta edad.
Si algo he aprendido a través de los tres es que el verano, más que ninguna otra estación, devuelve la persona que uno es cuando no tiene que producir nada. En agosto no hay deadline, no hay reunión, no hay obligación social que no se pueda posponer al diecisiete de septiembre. Y lo que queda, cuando todo eso se aparta, es uno. La pregunta — la que uno se hace sin querer mientras riega las tomateras a las nueve de la noche en una terraza vacía — es qué piensa uno cuando ya no tiene nada que hacer.
Mi respuesta, este año, fue: pienso en aquel pueblo de Soria. Pienso en aquellos compañeros de piso. Pienso en mi abuela, que se sentaría conmigo a la fresca si pudiera, y en mis amigos de los veintidós, que ya no son los mismos y a quienes no echo de menos pero a quienes agradezco. Y, sobre todo, pienso en cómo todos esos veranos están conmigo aquí, en esta terraza, en este agosto en el que aprendí, por fin, a estar solo sin que doliera.