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Diary

martes, 23 de junio

El gimnasio a las siete

Pablo · líder técnico en una empresa de logística · 33 años · vive solo en Conde Duque

Cuando vivía con Marta, no pisaba un gimnasio. Hacíamos largos paseos los domingos y eso era todo. Desde que vivo solo, voy al gimnasio del barrio a las siete de la mañana. No por adelgazar — me daría igual. Voy porque necesito algo en el día que no dependa de otra persona.

Las primeras semanas fue raro. La gente del gimnasio de las siete es una tribu específica: jubilados que llevan veinte años yendo, un par de policías municipales, una mujer que claramente está pasando por algo parecido a lo mío. Nadie habla. Eso me gustó.

Llevo cuatro meses y ahora el cuerpo me pide ir. Si un día no voy, me siento espeso toda la mañana. Pero lo que me ha enseñado esto no es nada sobre fitness. Es que el cuerpo necesita un compromiso pequeño y diario que no negocies con nadie. Eso es lo que la separación me había quitado sin que yo lo notara. Que cualquier rutina mía la consultaba con ella. Ahora no consulto con nadie. Es austero. Pero es mío.

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