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B2.0·7 min read·678 words·Espani · ensayo

El telediario de las nueve

The nine o'clock news

Hubo una época, no tan lejana, en la que el telediario de las nueve marcaba el momento exacto del día en que millones de hogares españoles se sentaban a cenar a la vez. No era una elección consciente. Era el ritmo del país. La sintonía de TVE-1 sonaba a las veintiuna en punto y, a esa misma hora, en Madrid, en Bilbao, en Sevilla y en cien mil pueblos intermedios, alguien ponía un plato sobre la mesa y otra persona apagaba la cocina.

Ese ritual ha muerto, y lo ha hecho de la manera más silenciosa posible: no por un acontecimiento, sino por una serie de microdecisiones repetidas a lo largo de quince años. Primero fue Netflix. Luego YouTube. Luego TikTok. Luego, simplemente, el hábito de cenar cada uno a su hora porque cada uno tenía su pantalla. La televisión generalista no perdió la guerra; perdió la costumbre. Y las costumbres, cuando se rompen, no se reconstruyen fácilmente.

Lo que se ha perdido con el telediario no es la información — uno se entera ahora más y mejor por otras vías — sino algo menos obvio: la coincidencia. Cuando todo el país miraba a la vez el mismo plano del mismo conflicto a la misma hora, el día siguiente había una conversación común a la hora del café. Hoy esa conversación se ha fragmentado en cientos de microconversaciones que ocurren dentro de cámaras de eco distintas. Uno se entera de la noticia, pero se entera dentro de su tribu. Y la tribu interpreta antes de que tú llegues a la noticia.

Hay quien dirá que esto es romantización de un pasado autoritario. El telediario único, dirán, era el telediario controlado. Es cierto, en parte. Durante los años ochenta y noventa la línea editorial de TVE cambiaba con cada gobierno; los privados Antena 3 y Telecinco aparecieron precisamente como reacción a esa centralidad. Pero la fragmentación posterior no resolvió el problema del sesgo: lo multiplicó. Hoy cada cual elige su sesgo, lo cual no es menos sesgo, solo es sesgo a la carta.

Lo que sí se ha perdido — y aquí no hay matiz que valga — es el silencio compartido frente a una imagen difícil. Cuando los atentados de Atocha del once de marzo de dos mil cuatro, casi todo el país se enteró de la magnitud por el telediario del mediodía. Cuando murió Adolfo Suárez, lo mismo. Esos momentos, sea cual sea la lectura política que se haga de ellos, fueron momentos en los que la palabra "nosotros" tuvo un significado concreto. No abstracto. Concreto.

El ritual ha dejado paso a otro ritual, claro. Ahora se cena con el móvil. Se mira el grupo de la familia, se mira Instagram, se mira el resumen de las noticias del día en una aplicación que ya ha decidido por uno cuáles son importantes. Es más eficiente, sin duda. Es más ajustado a los gustos personales, también. Pero no es lo mismo. La eficiencia no construye comunidad — solo la administra.

No estoy proponiendo volver al telediario de las nueve. No se puede volver atrás; las costumbres no funcionan así. Lo que sí propongo, con la conciencia plena de que es un brindis al sol, es preguntarse de vez en cuando qué hemos sustituido por qué. Cambiamos el telediario por algo, y ese algo es distinto, no necesariamente peor. Pero distinto significa que algunas cosas se han ido. Y algunas de las que se han ido — ese silencio compartido, esa conversación común del café — eran cosas que tenían más valor del que les dimos en su momento.

Mi padre todavía pone el telediario a las nueve. Cena solo, casi siempre, porque mi madre come antes y se acuesta a las diez. Le pregunté el otro día por qué seguía haciéndolo, sabiendo todo lo que sabe sobre la unilateralidad de la fuente, sobre los problemas editoriales, sobre la decadencia del medio. Se quedó pensándolo más de lo que esperaba. Luego dijo: "porque a las nueve no quiero estar solo, hijo. Y el telediario, aunque sea mentira, es alguien".

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